jueves, 24 de julio de 2014

La cara oculta del rock: Keith Richards, déjale que sangre

Por: Salomé Buendia Schwarz 
La espada de Damocles pendía sobre la cabeza de Keith Richards. En la década de los setenta, y durante mucho tiempo después, el guitarrista de los Rolling Stones ostentaba un cuestionable honor: según “New Musical Express”, encabezaba la lista de las diez estrellas de rock que más probabilidades tenían de morir. Su peligrosa adicción a la heroína le otorgaba muchas papeletas para abandonar el mundo de los vivos, pero Keith siempre se tomó a su manera ser el primero en esta lista de posibles cadáveres: “¡Fui número uno en esa lista durante diez años! Aquello me hacía reír. Es la única lista en la que he estado diez años en el número uno. En cierto modo estaba orgulloso de mi posición, que creo que nadie más ha ocupado durante tantos años como yo”.
En la historia del rock, el nombre de Keith Richards siempre ha estado asociado al mundo de la droga y esta peligrosa afición le ha causado múltiples problemas y enfrentamientos con el resto de sus compañeros de los Rolling Stones. En 1973, Sus Satánicas Majestades lanzaron el álbum “Goats head soup” y en otoño de ese mismo año, la banda se lanzaría a la carretera para presentar su nuevo trabajo por Europa. Pero había un pequeño inconveniente. Por esa época, Keith, que vivía esclavo de la heroína, no se encontraba precisamente en las condiciones óptimas para verse involucrado dentro de la vorágine habitual que conlleva una gira. Había que buscar un remedio para que se desenganchase y había que buscarlo pronto.
La solución se presentó en Suiza en forma de clínica. Un sencillo tratamiento y Richards quedaría como nuevo. Éste sería el origen de la leyenda urbana más popular relacionada con el guitarrista de los Stones. Según la biografía publicada por Victor Brockis, Keith Richards y Marshall Chess, presidente de la Rolling Stone Records e hijo y sobrino de los fundadores de la Chess Records, acudieron a esta clínica entre los conciertos de Innsbruck, Austria, y Berna, Suiza, que tuvieron lugar los días 23 y 26 de septiembre respectivamente. De acuerdo con Brockis, Richards y Chess se someterían a un proceso de limpieza de sangre que duraría tres días: “El tratamiento requería un proceso de hemodiálisis en el cual la sangre del paciente pasaba a través de una bomba, donde era separada del fluido de diálisis estéril mediante una membrana semiimpermeable. Esto permitía que las sustancias tóxicas contenidas en el riego sanguíneo, que normalmente hubieran sido secretadas por los riñones, pasaran de la sangre al fluido de diálisis”. 
Aunque pueda parecer complejo, Keith recordó el proceso como algo “sencillo”: “Nos fue cambiando la sangre poco a poco hasta que, después de cuarenta y ocho horas, no nos quedaba ningún rastro de heroína en el cuerpo. No sufrimos nada, y pasamos el resto de la semana descansando y recuperando fuerzas”. Richards invitó a Tony Sánchez “El Español”, un miembro habitual dentro de la camarilla más íntima de los Rolling Stones, a que también se sometiera al mismo tratamiento, pero este se negó. Según este personaje, Keith aprendió la lección en cuanto salió de la clínica: “Vi cómo aceptaba una raya de coca de Bobby Keys [saxofonista de los Rolling Stones] y le reprendí por su estupidez. ‘Sí, bueno’, dijo Keith. ‘Ahora ya no importa si me vuelvo a enganchar. Puedo dejarlo cuando quiera sin problemas’”.
Precisamente, Tony Sánchez relató su propia versión de la aventura de Keith en Suiza en el libro que escribió sobre los Stones. Sin embargo, no utiliza la palabra “hemodiálisis” para definir el tratamiento, sino que lo denomina “cambio de sangre”: “Marshall Chess tenía la solución: ‘Hay un médico de Florida que puede desengancharte de la heroína en unos días cambiándote la sangre’, le dijo a Keith. ‘Me lo hice en México hace tiempo y funcionó a la perfección’. El médico de Florida llevaría a cabo el cambio de sangre de Keith en una villa llamada Le Pec Varp, en Villars-sur-Ollon, en Suiza. Keith volaría directamente a Suiza después del concierto de los Stones en Birmingham el 19 de septiembre. Estaría curado a tiempo para tocar con los Stones de nuevo en Berna, Suiza, el 26 de septiembre. Marshall iba a ir a Suiza con Keith para que le cambiaran la sangre al mismo tiempo”. Entre la versión de Brockis y la de Sánchez existen ciertas diferencias, contradicciones y baile de fechas. Resulta más creíble la versión del primero que la del segundo, ya que “El Español” parecía oír campanas sin saber dónde sonaban en relación con el asunto. Aun así, soltó joyas como ésta: “No podía evitar preguntarme de dónde venía toda esa sangre ni ofenderme por la decadencia de millonarios libertinos que recuperaban su salud al estilo de los vampiros, con la sangre fresca y limpia de inocentes”. Parece que Richards lo pasó realmente bien al conocer la historia desde el punto de vista de Tony Sánchez: “No pude leerlo todo porque tenía los ojos inundados de la risa”.
El propio Keith Richards también tuvo su parte de culpa en la forja de este mito urbano:“Alguien me preguntó cómo me había desenganchado, y le dije que había ido a Suiza y me había cambiado completamente la sangre. Era solo una broma. Me abrí la chaqueta y dije: ‘¿Qué te parece mi cambio de sangre?’. No fue nada más que una broma. Estaba harto de responder a esa pregunta. Así que me inventé la historia”. 


En su autobiografía vuelve a recordar este capítulo de su vida: “La historia de que iba a Suiza a cambiarme la sangre (tal vez la única cosa que todo el mundo parece saber de mí) les dio un verdadero subidón a esos nigromantes. Claro, para Keith no es problema, él puede ir a que le cambien la sangre de vez en cuando y luego volver a las andadas como si tal cosa. Dicen que he hecho un pacto con el diablo bajo las propiedades del suelo empedrado de Zúrich, la cara blanca como el papel, una especie de mordisco de vampiro a la inversa, y mis mejillas recuperan su color rosado. ¡Pero nunca me he cambiado la sangre! La historia surgió porque cuando fui a Suiza, a la clínica para desengancharme, tuve que aterrizar en Heathrow y cambiar de avión. Y allí estaba la prensa, siguiéndome como siempre:
–¡Hey, Keith!
–Mira, cierra el puto pico. Voy a que me cambien la sangre.
¡Bum! Eso fue todo. Y seguí andando hacia el avión. Después de aquello fue como si estuviera escrito en la Biblia o algo así. Solo lo dije para tomarles el pelo y quitármelos de encima. Pero se ha quedado para siempre”.

Así fue como el Riff Humano se convirtió en un Drácula moderno y nunca más pudo desprenderse de esa etiqueta, la del yonqui que se cambiaba la sangre como quien cambia el aceite del coche: “Creo que, en cierto modo, tu personaje público, tu imagen (así llamaban antes a la cosa), es una bola de presidiario que llevas a atada al tobillo con una cadena. La gente cree que sigo siendo un puto yonqui. ¡Y hace treinta años que dejé las drogas! La imagen es una sombra muy alargada que se sigue viendo incluso cuando ya se ha puesto el sol. Me parece que en parte se debe a que la presión para que seas ese personaje es tal que quizá acabas por convertirte en él hasta un punto medianamente soportable. Es imposible no acabar convertido en una parodia de la máscara que fuiste en otro tiempo”.
A pesar de permanecer diez años esperando ser el primer fiambre de la lista, el socarrón Richards acabaría bajando escalones: “Me llevé un gran disgusto cuando empecé a bajar de la lista. Finalmente caí hasta el puesto nueve. ¡Ay, Dios, todo ha terminado!”. El tiempo pone a cada uno en su lugar y si existe una palabra para definir a Keith Richards, ésa es superviviente.

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